Remangues genéticos

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Cuando nace un niño una de las primeras conversaciones que gira entorno a su pequeña persona es dilucidar a quién se parece. Que si las orejas son de papá, la boca de mamá y los ojos de la abuela. Desgranamos así a nuestro pequeño del que hacemos una suerte de puzzle de herencias genéticas.
Lo mismo sucede cuando empieza a dar señales de una personalidad concreta. Es simpática como su abuelo, tozuda como su madre… Donde los atributos negativos pocas personas se quieren atribuir, sea dicho de paso.
La conformación de rasgos físicos y actitudinales son una suma de una herencia genética constatada y de una influencia del entorno inevitable.
Normalmente, las características físicas se atribuyen a la herencia genética más oojetiva mientras que las actitudes, el comportamiento, el carácter, es más difícil discernir si lo llevamos en los genes o si lo copiamos del entorno.
En fin, que mi pequeña princesa ha heredado algo de su bisabuela que, a buen seguro lo debe llevar en algún rinconcito de su ADN porque de mí, seguro, que no lo ha podido copiar: El remangue.
Sea invierno o verano, la mozalbeta, cual muchacha ruda del campo, va siempre con las mangas subidas hasta el sobaquillo. “Mama, remanga”, frase que se ha convertido en letanía cuando ponemos el pijama, el uniforme o el abrigo. Tanto da. Y a mí, que primero me da un no sé qué de repelús, que voy abrigada con las manguilintrongues, como me decía mi madre, tapando hasta la última uña de la mano, de repente no puedo más que esbozar una sonrisa y pensar que parece que estoy viendo a mi abuelita en pequeño. Siempre con los jerseys por encima del codo, dispuesta a fregar, cocinar, coser, remendar. “Yaya, ¿no tienes frío?”. Como si la viera aún delante mío.
Mi pequeña princesa no tuvo la suerte de conocer a mi abuelita, quien marchó de nuestras vidas hace ya muchos años, pero con estos pequeños gestos, herencia genética o vaya usted a saber qué, hacen que en nuestros hijos veamos reflejados a nuestros mayores. Y me gusta pensar que si en alguna parte mora su espíritu, alma o esencia, una sonrisa seguro que esboza al ver a mi retaco, imitando un gesto tan característico de ella.
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