De la malignidad innata del ser humano‏

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Aun recuerdo lo que me impactaron las palabras catastrofistas del filósofo Hobbes que decían aquello de que “El hombre es un lobo para el hombre”. Esto, unido a la tradición cristiana según la cual nacemos manchados con el pecado original, llegamos a este mundo de un modo un tanto negativo. No tengo herramientas filosóficas ni teológicas para desmontar ninguna de estas dos afirmaciones. Y es cierto que el ser humano ha dado ejemplos más que excesivos de su capacidad para hacer el mal.
Pero, ¿realmente nacemos teniendo malos sentimientos? ¿De dónde vienen verdaderamente esas ganas de violencia?
Después de mi corta y humilde experiencia como madre he llegado a la simple conclusión que todas y cada una de las veces que mis hijos se han portado mal ha sido por dos razones básicas: la incapacidad de gestionar el agotamiento o la frustración por alguna cosa que les preocupa y que no saben expresar con palabras.
Y con esto no quiero decir que mis hijos sean unos santos varones, ni los más buenos, ni los más mejores (para mí lo son, claro está) pero sí que me he dado cuenta que muchas veces se portan mal por la mala gestión de las situaciones de los propios padres. Ya sea porque no sabemos entenderlos o porque nosotros mismos nos sentimos mal, frustados o sin ganas de luchar.
Pero cuando observo a mis hijos cuidar de toda su prole de muñecos de peluche, bebés que lloran y princesas varias, me doy cuenta que sus sentimientos más básicos son buenos. Los cogen en brazos, los acarician, los cuidan, los llenan de tiritas (para desespero de mi escueto botiquín), les confeccionan vestidos con los trapos de la cocina (también para desespero, esta vez, de mi poco amplio ajuar), les dan de comer mil y una suculencias de plástico y todo aderezado con palabras de cariño. Y creo que todo eso lo hacen porque es lo que han vivido ellos mismos en su propia piel (menos vestirlos con trapos ni darles comida de mentirijilla, claro está).
En definitiva, que un ser humano es un jarrón por moldear. Con todas las posibilidades, buenas o malas. Y hará, al menos en sus primeros años de vida, lo que experimente en su ambiente más cercano.
Y cuando empiezan a experimentar con el mal, es nuestra responsabilidad hacerles ver, con cariño y razones lógicas, que lo que hacen no es correcto. A mi pequeño-gran-hombre, cuando tiene uno de sus fantásticos arrebatos de rabia, le hago la pregunta del millón: ¿te has sentido bien? No tiene más que responder, con la cabeza gacha, con un no.
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