La crueldad de los cuentos clásicos

cuentos
A menudo se tiene la creencia generalizada que todo aquello considerado antiguo o clásico es verdad inamovible o incluso mejor que lo actual. En algunas cosas sí que creo que es así, pero en otras tengo mis dudas.
Cuando por las noches leemos uno, dos (o tres) cuentos antes de ir a dormir, los enanos escogen en la amplia librería de cuentos infantiles que tienen y en la que se entremezclan historias clásicas con aventuras de animalillos o muñacos modernos de la más estrambóticos.
La cuestión es que últimamente no sé por qué siempre caen a mis piernas para la lectura nocturna las recopilaciones de los clásicos de toda la vida. Y leyendo algunos de ellos, he caído en la cuenta de lo poco entrañables que son. Cuentos que cuando leía de pequeña me parecían de lo más pero que ahora, releyéndolos con una visión adulta, no me lo parecen tanto.
Por poner algún ejemplo, los padres que abandonan a sus hijos, como los de Hansel y Gretel o Pulgarcito, porque son pobres y no los pueden alimentar y, sin ningún miramientos los dejan solos en un bosque amenazador. Luego está la manía de comerse a los pequeños, bien sea por parte del ogro de Pulgarcito (que, por suerte no lo consigue), la malvada bruja de la casa de chocolate que, encima, se los quiere comer cocinándolos en un horno (ahí es nada) o los recurrentes lobos como el famoso de Caperucita. Aquí entra entonces la visión sanguinaria de los cazadores en este caso o una dulce mamá cabra en el cuento de las Siete Cabritas, abriendo en canal a un animal somnoliento para sacar de dentro, vivitas y coleando a sus víctimas.
Lo dicho, quizás es que ahora estoy más sensible y la violencia me afecta mucho más que hace años sin poderla tolerar ni siquiera en un, aparentemente, inocente cuento infantil. No me extraña que estos hayan sido inspiración para películas para adultos en las que se muestra el lado más cruel de estas historias leídas, contadas, narradas, infinidad de veces.
Y, a pesar de que acostumbran a terminar con final feliz, a mí, personalmente, me dan muy mal rollo. De modo que intentaré redirigir el interés de los niños hacia las fábulas de animalillos o a cuentos modernos más inocentes.
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