Una imagen que cambió nuestras vidas o sobre la historia de la ecografía

ecografias

Hace unos días rescatamos los álbumes con los cientos de imágenes de mis pequeños durante sus primeros años de vida. En ellos utilicé el mismo título: Primer mes… y un poquito antes. El inicio de dichas recopilaciones son imágenes de mi barriga creciendo semana a semana y unas fotografías en blanco y negro en las que mis pequeños no acertaron a ver nada. Eran sus ecografías. Al terminar de ver esas bonitas fotos me pidieron ver el mismo álbum pero de mí. Ahí sólo había algunas fotos sueltas de momentos importantes como mi bautizo, la celebración del Domingo de Ramos y mi primer cumpleaños. Pero aquellas fotografías en blanco y negro no estaban. 

Ser madre y todo lo que conlleva ha cambiado mucho en muy pocos años. Mi madre, hace poco más de 30 años, no supo hasta que nací, si era un niño o una niña; si era dos personas en vez de una; si tenía algún problema. Tuvo que esperar pacientemente 9 largos meses para desvelar el secreto. Yo tuve que esperar pocas semanas para ver un garbanzo dentro de mí y observar desde aquí fuera cómo iba creciendo y cómo se convertía en mi príncipe y más tarde mi princesa. 

Había una vez… un rayo desconocido

Hace casi un siglo, en la década de 1930, los Rayos X se introdujeron en los protocolos rutinarios de controles prenatales en los Estados Unidos. Ese rayo desconocido, de ahí su nombre de “X”, fue descubierto por el físico alemán Wilhelm Conrad Röntgen el 8 de noviembre de 1895, hallazgo que le valió el premio Nobel de física en 1901.

Unos 20 años después de empezar a usarse los Rayos X para hurgar en la evolución de los fetos, una doctora norteamericana, Alice Mary Stewart, empezó a sospechar de ellos. En 1953 lideró una investigación en Oxford en la que relacionó muchas muertes infantiles por leucemia con el uso de los Rayos X en el periodo prenatal. A pesar de que otros médicos defendieron las tesis de la doctora Stewart, los Rayos X no desaparecieron de las consultas obstétricas hasta que fueron sustituidos por otro invento surgido de la Gran Guerra. 

Detectando fetos como submarinos

Los ecógrafos se inventaron para detectar submarinos alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Paul Langevin, un físico francés, fue su creador. Terminada la Segunda Guerra Mundial, un médico escocés, Ian Donald, hizo una curiosa analogía: comparó los submarinos en el mar con un feto flotando en el líquido amniótico. Así, el 21 de julio de 1955 decidió usar un aparto de ultrasonido en una embarazada. En el hospital donde trabajaba no existía ese artilugio así que se tomó prestado uno de una fábrica que se utilizaba para detectar defectos en el metal. 

El doctor Donald intentaba encontrar fibromas en el útero de una mujer que había sufrido varios abortos pero lo que descubrió, para su sorpresa, fue un círculo blanco que identificó con la bolsa amniótica. Meses después nacía el primer bebé observado desde el exterior del vientre de su madre mediante un ecógrafo. 

Poco a poco los ecógrafos se fueron perfeccionando y se introdujeron en muchos hospitales y centros ginecológicos, primero de los Estados Unidos, y más tarde en el resto del mundo. A pesar de existir voces alertando de la posibilidad de efectos secundarios, hoy en día, sus beneficios suelen ser mayores que sus perjuicios. 

Un cambio de visión

Poder ver a nuestro hijo dentro de nuestro propio ser ha cambiado no sólo la historia de la medicina sino que ha supuesto un giro en la percepción del ser humano y ha planteado a los padres preguntas que antes no existían. Poder saber de antemano si un feto se desarrolla bien o sufre algún problema, pone sobre la mesa dudas que hace unos años se desvelaban muchas semanas después. Poder certificar visualmente que a las pocas semanas de la gestación existe un ser más o menos formado plantea también la cuestión del límite entre feto y bebé… Preguntas que la ciencia ha traído junto con la maravilla de poder ver y oír a nuestro hijo antes de tenerlo en nuestros brazos. 

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Fuente: ¿Cómo se sale de aquí? Una historia del parto, Randi Hutter Epstein

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