Siglos de… ¿conciliación?

El hecho de que muchas mujeres que han sido madres en el siglo XXI hayan visto a sus propias madres siempre en casa cuidándose de las labores del hogar y de sus hijos ha hecho que muchas hayan creído que las mujeres han estado siempre relegadas al ámbito doméstico. Pero esto no ha sido siempre así, más bien todo lo contrario. 

Desde que el mundo es mundo, las mujeres han trabajado dentro y fuera de casa. El hecho biológico y natural de ser el sexo que trae a los seres humanos al mundo ha llevado consigo una serie de roles no naturales, es decir, sociales, que la mujer ha acarreado durante siglos. El concepto conocido como “doble carga” siempre ha existido. Las mujeres han trabajado en el hogar (la cueva, la cabaña, la casa, el piso) con lo que todo ello suponía sin dejar de dedicar parte de su larga jornada al trabajo fuera del mismo, en el campo, el taller, la fábrica o la oficina. 

A pesar de que temas como la incorporación de la mujer al trabajo y términos como el de conciliación, parecen cuestiones modernas, desde mucho tiempo atrás, la mujer ha trabajado dentro y fuera del hogar. La mujer recolectora de las sociedades primitivas, la campesina de los tiempos medievales, la artesana de los siglos modernos o la proletaria de las fábricas de los primeros periodos industriales, todas ellas han cuidado de sus hijos, de su casa, de su familia a la vez que se han dedicado a otras tareas fuera del hogar. 

El llamamiento de las espigadoras – Jules Breton (1859)

Todas ellas asumieron su papel, sus múltiples roles con más o menos resignación. Mujeres fuertes, tenaces, luchadoras que tras largas jornadas en el campo, el taller o la fábrica no desatendían a sus hijos, muchos de los cuales acompañaron a sus madres en sus extenuantes jornadas laborales. Mujeres que aceptaron aquel duro papel dentro de los ciclos productivos de la sociedad y reproductivos de la familia. Y sin tener los avances tecnológicos de las sociedades mecanizadas, aquellas auténticas súper mujeres araban, recolectaban, segaban, tejían, hilaban, producían, para llegar a casa y cocinar, lavar, remendar, y una larga lista de tareas en una jornada de trabajo que nunca terminaba. 

Pero, si las mujeres han asumido siempre esta doble carga ¿por qué surge ahora el concepto de conciliación? Para entenderlo, debemos echar la vista unos cuantos siglos, milenios, atrás…

En el inicio. Modelos de supervivencia
Los restos arqueológicos y humanos de las épocas prehistóricas no son concluyentes a la hora de definir los roles asignados a aquellos primeros hombres y mujeres que habitaron la tierra. De lo que no cabe la menor duda es de que la mujer, por naturaleza, era quien engendraba a los hijos y los cuidaba y protegía mientras el hombre, más fuerte, también por naturaleza, se encargaba de la caza necesaria para la supervivencia. Ya en aquellos primeros momentos, la mujer empezó a desarrollar otra tarea cerca de la cueva o del poblado, la recolección de frutos, una tarea que cada vez más se está considerando como tanto o más importante que la dura y peligrosa de cazar grandes animales.

 

Fuera cual fuese el modelo de sociedad primitiva, lo cierto es que en el inicio de los tiempos lo más importante era sobrevivirLos hijos estaban cerca de sus madres porque eran la fuente de su alimento y estas protegían a sus hijos sin alejarse de su propio clan, tribu o aldea. 

Las primeras civilizaciones. El nacimiento de las sociedades patriarcales
Muchos autores ponen la vista en el cambio del tercer al segundo milenio, entre el 2500 y el 2000 a.C. aproximadamente, para marcar el surgimiento de las ideologías masculinas1. La estructura básica de las sociedades cazadoras-recolectoras en las que el hombre se alejaba de la tribu para cazar mientras la mujer permanecía en el núcleo de la misma, se fue acentuando hasta desarrollar la dicotomía conocida como espacio privado-espacio público.

Así, mientras los hombres asumían papeles públicos de control y dominación de las primeras civilizaciones, las mujeres permanecerían relegadas a un espacio privado en el que se le asignarían amplias tareas, desde criar a sus hijos hasta elaborar los tejidos básicos para el núcleo doméstico, pasando por la limpieza, la cocina o el cuidado de los enfermos. 

La política, la religión, la filosofía, las artes e incluso la primitiva ciencia, quedaba vetada para las mujeres. A excepción de algunos nombres propios excepcionales y aislados como Aspasia de Mileto (siglo V a.C.) o Hipatia de Alejandría (siglo IV d.C.) la gran mayoría de las mujeres quedó recluida tras los muros del universo privado. Un universo de duro trabajo en largas jornadas que se unían con las siguientes. 

Mujeres hilando en la Edad Media

No hay que olvidar que esta doble carga, que se mantuvo durante siglos hasta bien entrado el siglo XX, estaba formada por un largo listado de tareas que no suponían ningún coste económico para la sociedad. Estas tareas no eran remuneradas porque las realizaba un miembro de la misma familia, pero “no debe olvidarse que toda esta serie de tareas, cuando es una persona ajena a la familia la que las lleva a cabo, se convierten en trabajos que reciben una remuneración. Por tanto, su consideración económica depende de la vinculación familiar de la persona que ejecuta la tarea, no de la tarea en sí misma. El ámbito familiar es el que establece la desvalorización económica de las actividades que las mujeres de la familia realizan en su seno”2.

La necesidad de realizar estas tareas y el beneficio que suponía para el cabeza de familia hizo que se desarrollara toda una cultura social basada en la inferioridad intelectual de las mujeres. Como afirmaba el jurista francés Jean Bodin en el siglo XVI, “era preciso mantenerlas alejadas de todas las magistraturas, los lugares de mando, los juicios y las asambleas públicas y los consejos, para que se ocupen solamente de sus faenas mujeriles y domésticas”3.

Desde la Antigüedad clásica, grandes autores como Platón o Aristóteles se encargaron de forjar ideas misóginas que perdurarían a lo largo de los siglos. Cambió el ámbito, filosófico, político, religioso, pero siempre definiendo el mismo concepto, una inferioridad innata, física e intelectual que incapacitaba a las mujeres para cualquier otro cometido que no fuera el largo número de tareas designadas en el ámbito privado y doméstico. 

La doble carga en el espacio privado
Hasta hace poco más de 200 años, el 90% de las mujeres europeas vivían en el ámbito rural4, una cifra que, aunque ha disminuido mucho en los últimos tiempos, se ha mantenido a lo largo de los siglos XIX y XX. La mujer ha vivido una dura vida en el campo. Dentro de casa, la mujer ha criado a sus hijos, alimentado a su familia, cuidado de los enfermos, limpiado, cocinado e incluso ha colaborado en los talleres artesanos rurales hilando o realizando otras tareas artesanales. Fuera de casa, en los campos cercanos a la misma, las mujeres han dejado a los hombres las tareas que requerían una fuerza física destacable pero no han cejado de ayudar arando o recolectando.

Descanso de la cosecha – Léon Augustin Lhermitte (Siglo XIX)

Largas jornadas de trabajo dentro y fuera de la casa en las que los hijos, bebés, niños, adolescentes, permanecían siempre a su lado o al cargo momentáneo de hermanos o familiares. Cuando los bebés aun no gateaban, iban atados al cuerpo de sus madres o permanecían en sus pequeñas cunas o espacios improvisados como tales esperando a que su madre viniera a alimentarlos. La independencia que producía el gateo y los primeros pasos acercaba a los pequeños a sus madres atareadas que, entre todas sus labores, debían cuidarse también de evitar cualquier peligro. 

Si nos adentramos en el interior de las murallas de las primeras ciudades medievales, la doble carga en el espacio doméstico seguía esquemas similares. Además de encargarse del hogar, la mujer ayudaba en el taller familiar, a menudo situado justo debajo de la zona privada. Por supuesto esta era una colaboración que no suponía un ingreso por parte de la mujer o un ingreso inferior al de los hombres de la casa. 

Las primeras voces levantadas

Mary Wollstonecraft

De la misma manera que fue la burguesía y sus ideas teóricas las que arrastraron a la revolución real a la Francia rural y proletaria del siglo XVIII, en la particular revolución de las mujeres en su lucha por conseguir un reconocimiento social y un acercamiento a la vida pública (política, intelectual, religiosa) de manera activa, fueron las mujeres privilegiadas las que llevaron, en un primer momento, la voz cantante. Fueron ellas, las mujeres de las clases altas, las pocas que tuvieron un acceso, aunque limitado, a la cultura, las que escribieron palabras provocadoras para sus tiempos. Unas palabras que con el tiempo se convertirían en lemas y fundamentos para los movimientos feministas modernos. 

Tenemos que remontarnos a la Edad Media europea para conocer a Cristine de Pizan (1364-1430), una gran mujer considerada la primera escritora profesional, pues sacó adelante a su familia con sus preciosos e inteligentes versos, tras quedarse viuda y desamparada económicamente. Cristine inició el famoso debate conocido como la Querella de las damas que se mantendría durante siglos hasta desembocar en las mujeres ilustradas y las primeras feministas políticas del siglo XIX. Cristine tuvo la valentía de defender la capacidad intelectual de la mujer y hacerla equivalente a la del hombre. La única diferencia radicaba en la falta de acceso al conocimiento: “La excelencia o la inferioridad de los seres no residen en sus cuerpos según el sexo, sino en la perfección de sus conductas y virtudes”5. Tras Cristine de Pizan, llegaron otros grandes nombres como María de Zayas (1590-1661), quien afirmó que si a las mujeres se les dieran “libros y profesores en lugar de tela, bastidores y almohadones, estarían tan capacitadas como los hombres para ocupar puestos de gobierno y cátedras universitarias y quizás incluso más”6.

Solamente las mujeres que habían entrado en religión habían tenido acceso durante los siglos medievales al mundo intelectual. Nombres como Hroswitha de Gandersheim (935-1002) o Hildegarda de Bingen (1098-1179) pasaron a la historia como grandes eruditas. Pero siempre alejadas de los roles tradicionales de madres y esposas. Como las religiosas medievales, las primeras humanistas de los siglos modernos hicieron votos de castidad y renunciaron a su capacidad de ser madres para poder dedicar su vida al estudio y el intelecto. El siguiente paso debía ser encontrar un encaje entre la naturaleza maternal de la mujer y sus anhelos intelectuales. Aún quedaba un largo camino por recorrer. 

Pero esas grandes mujeres sentaron las bases para que, ya en el siglo XVIII las mujeres empezaran a ejercer algún rol alejado del espacio doméstico intentando ser también madres y esposas. Mary Wollstonecraft (1759-1797) fue una de esas mujeres que, a pesar de que su vida personal no fue precisamente un camino de rosas ni fue un ejemplo de madre y esposa, sus escritos sentaron las bases del feminismo del siglo siguiente. 

La doble carga y el doble espacio
Cuando la revolución industrial trajo consigo el nacimiento de las fábricas, la producción artesana y rural fue dejando paso a la producción fabril. En aquel momento de cambio, las mujeres tuvieron que alejarse del espacio doméstico para seguir trabajando fuera de casa. La doble carga ya no se llevaba a cabo en el mismo espacio o en un entorno relativamente cercano. Las largas horas que debían pasar las mujeres en las fábricas empezaron a suponer un problema al tener que pensar dónde ubicar a sus pequeños. Lo más común era que quedaran al cargo de hermanos o que incluso se trasladaran con sus madres hasta los insalubres centros fabriles.

 

Las cigarreras – Gonzalo Bilbao (1915)

En algunas fábricas europeas, aunque se permitía que las mujeres amamantaran a sus hijos, esto suponía una merma en su sueldo por considerar que perdían parte de la jornada dando el pecho a sus pequeños7Las contradicciones entre los múltiples roles de las mujeres empezaban a ser cada vez más palpables

En aquellos tiempos finales del siglo XIX las mujeres llenaron las fábricas pero también empezaron a ocupar su espacio, aunque tímidamente, en las universidades y en trabajos más profesionalizados. 

La mujer estaba empezando a conseguir su cometido, pero al alejarse del espacio privado para conquistar el espacio público sin dejar de llevar tras de sí la doble carga, las tensiones entre los intereses y las necesidades de las mujeres, profesionales, madres y sus hijos fueron en aumento. 

A pesar de que aparecieron las primeras guarderías estatales, estas no eran suficientes para cubrir la demanda ni solucionaban los problemas que empezaron a surgir a la hora de combinar los horarios laborales con la vida familiar. 

La ley del péndulo
Tras el paréntesis que ha supuesto las generaciones que vivieron la Guerra Civil, la postguerra y los primeros años de democracia, mujeres que, en su gran mayoría permanecieron de nuevo recluidas en el espacio privado, las mujeres nacidas en las últimas décadas del siglo XX que hemos tenido acceso a la universidad y la posibilidad de profesionalizar nuestras vidas, nos encontramos ante un nuevo reto.

Una vez conquistado el espacio público, con todos los derechos sociales que ello ha comportado, muchas mujeres se han dado cuenta de que dejar a sus hijos al cargo de otros no siempre resulta tan fácil emocionalmente

Durante todos estos siglos de lucha por salir del espacio doméstico y privado, de reclamar para ellas el derecho a pensar, a aprender, a escribir, a vivir, al fin y al cabo, más allá de los muros del hogar, la crianza de los hijos, vista a veces como una carga, otras como algo innato, se ha quedado en cierto modo por el camino.

Ahora que las mujeres han conseguido poder escoger salir del espacio privado, existen corrientes sociológicas y feministas que no sólo defienden el derecho, en cierto modo perdido, de ser madres, sino también la necesidad de velar por los derechos de unos niños que pueden haber dejado a sus madres en ese camino. 

El reto del siglo XXI está sin duda en dar un paso atrás y volver de nuevo al espacio privado. Pero volver en condiciones distintas a las que dejaron las mujeres que nos precedieron. Volver como mujeres profesionales, intelectuales, socialmente activas que quieren cuidar y velar por la educación y el bienestar de sus hijos. El gran debate de la conciliación familiar y laboral no ha hecho más que empezar. El próximo capítulo de la historia de las mujeres puede que sea el de haber conseguido reconquistar el espacio doméstico con nuestras propias condiciones, y no con las normas establecidas por los hombres. 

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NOTAS

1.Isabel Morant, Historia de las mujeres en España y América Latina. Tomo I. Pág. 95

2.Isabel Morant, Historia de las mujeres en España y América Latina. Tomo I. Pág. 518

3.Benedetta Craveri, Amantes y reinas. El poder de las mujeres. Pág. 13

4.Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres, una historia propia. Pág. 111

5.Ángeles Caso, Las olvidadas. Pág. 91

6.Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser. Historia de las mujeres, una historia propia. Pág. 842

7.Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres, una historia propia. Pág. 750


BIBLIOGRAFIA

Isabel Morant, Historia de las mujeres en España y América Latina

Benedetta Craveri, Amantes y reinas. El poder de las mujeres

Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres, una historia propia

Ángeles Caso, Las olvidadas

Régine Pernoud, Cristina de Pisan

Régine Pernoud, Hildegarda de Bingen

María Jesús Fuente, Velos y desvelos. Cristianas, musulmanas y judías en la España medieval

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