El arte de partear

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Cuando nacieron mis dos hijos, en el momento del parto, fueron las comadronas quienes estuvieron presentes en todo momento. En aquellos instantes de emociones, aturdimiento y sensaciones que se superponían unas a otras no caí en el detalle de que ningún ginecólogo o ginecóloga estuvieran presentes. Solamente en el caso de mi pequeña princesa una doctora encantadora estuvo ahí pero más como espectadora de la fantástica labor de las comadronas que como alguién implicado activamente.

Desde que el mundo es mundo las mujeres han dado a luz rodeadas de otras mujeres. La experiencia, acumulada a lo largo de los años, hizo de unas mujeres, conocidas como parteras o comadronas, piezas indispensables en uno de los momentos más importantes y trascendentales de las mujeres.

Es curioso, pero el rostro de las dos comadronas que me asistieron en el nacimiento de mis dos hijos no se me ha borrado de mi mente. Hoy quiero hacer un pequeño homenaje a todas estas mujeres del pasado y el presente.

Mujeres imperturbables
Sorano, un médico romano del siglo II d.C. hizo una descripción del carácter que debían de tener las parteras:

Será imperturbable, no temerá el peligro, capaz de exponer claramente las razones de sus medidas, contagiará confianza a sus pacientes y será comprensiva1.

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Las parteras fueron mujeres que acumularon a lo largo de los siglos remedios para paliar el dolor de los trabajos del parto y se convirtieron en mujeres capaces de salvar vidas en partos difíciles. A pesar de que ya desde el principio los médicos estaban presentes en alguno de estos casos complicados, el saber de las parteras fue determinante para muchas madres y muchos hijos.

Mujeres cuestionadas
Durante la Edad Media, las parteras empezaron a sufrir la amenaza de los titulados universitarios que empezaron a querer controlar su saber y sus prácticas. A pesar de ser mujeres reconocidas por su alta profesionalidad, experiencia y competencia, a partir del siglo XV en algunas ciudades de Europa se empezó a exigir una licencia para poder ejercer como parteras. Esta licencia se obtenía tras un examen dirigido por médicos y otras parteras licenciadas.

Estos procedimientos derivaron en un interés por controlar las prácticas de estas mujeres, con la intención de asegurarse de que las parteras no ejercieran ninguna práctica médica más allá de lo estipulado por dicha licencia.

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Así, el único espacio de la medicina en el que las mujeres habían tenido un cierto protagonismo y potestad a lo largo de los siglos, se vio pronto en manos de los médicos y cirujanos que empezaron a interesarse por el arte de partear en particular y por la salud de las mujeres en general.

Las parteras se vieron entonces en un callejón sin salida. Aunque durante algún tiempo los lejanos espacios rurales se vieron fuera del control de médicos y cirujanos, poco a poco, desde las esferas de poder, la corte y la alta aristocracia, los profesionales de la salud empezaron a extender su influencia dejando a las parteras en una difícil situación.

En el caso de España, en el siglo XVIII los cirujanos convirtieron la partería en un saber quirúrgico2. Las parteras terminarían convirtiéndose en subordinadas de los especialistas en obstetricia, máxima autoridad en el conocimiento y la práctica del arte de partear3.

Si tenemos en cuenta que hasta el siglo XIX no se inició una lenta incorporación de la mujer a los estudios universitarios, podemos hacernos una idea de la pérdida de estatus social y profesional que sufrieron muchas parteras.

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Mujeres para recordar
El arte de partear lo protagonizaron muchas parteras que, por desgracia, han quedado en el anonimato. Pero algunas de ellas consiguieron ganarse un rinconcito en la historia de la medicina y la historia social en general.

Louise Bourgoise fue quizás la más famosa de todas ellas por haberse convertido en la partera de la corte francesa y asistir a la reina María de Médicis. Su saber lo plasmó en un libro titulado Observaciones diversas sobre la esterilidad, el aborto, la fertilidad, el parto y enfermedades de la mujer y los recién nacidos, que se convirtió en un auténtico tratado de obstetricia.

La inglesa Jane Sharp recopiló en su obra El libro de las parteras sobre el arte de la obstetricia sus más de 30 años de experiencia y conocimiento. La obra iba dirigida tanto a las futuras madres como a las profesionales y abordaba desde la concepción hasta el post-parto y otras cuestiones como infecciones o enfermedades venéreas.

En España tenemos el testimonio de Luisa Rosado, una partera profesional que quiso publicar su valía en el arte de partear en un cartel. Llegó incluso a pedir su publicación al rey Carlos III.

Famosas o anónimas, pasadas o presentes, las parteras o comadronas son una pieza clave en las prácticas obstétricas. Hoy en día, o al menos así me lo mostró mi propia experiencia, las parteras pueden trabajar con el respeto de médicos y parturientas. Aquel espacio femenino de tiempos pasados a veces se vuelve a repetir porque ahora los médicos también pueden ser mujeres. Algo que no sucede desde hace mucho tiempo.

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1. Historia de las mujeres, una historia propia, Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser. Pág. 65
2. Sanadoras, matronas y médicas en Europa, Montserrat Cabré y Teresa Ortiz. Pág. 165
3. Ídem, Pág. 166

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