Hildegarda de Bingen y sus revelaciones sobre la maternidad

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El alma y su tabernáculo Hildegarda de Bingen

De todos es conocida la expresión “el milagro de la vida” cuando hablamos de la concepción y el nacimiento de un ser humano. Es cierto que es un milagro cuando se analizan todas las fases desde la fecundación hasta el parto y todos los peligros y contratiempos que se pueden producir. También es probable que se haya extendido esta expresión por una cuestión de falta de conocimiento total y real de cómo una vida surge. En el siglo XXI sí que se tienen conocimientos y medios para saber cómo un bebé consigue crecer dentro de su madre, lo podemos ver casi en vivo y en 3 y 4 dimensiones. Pero hace muchos siglos, cuando la medicina era poco más que una ciencia desconocida y el cuerpo humano algo misterioso, ver crecer una barriga y salir de ella un ser vivo debería ser considerado un auténtico milagro.

En los oscuros siglos medievales vivió una mujer que fue monja, abadesa, mística, escritora, compositora y científica. Escribió libros sobre hierbas medicinales, desgranó enfermedades y definió partes del cuerpo con gran lucidez. Hildegarda de Bingen vivió en el siglo XII pero su sabiduría ha llegado hasta nuestros días. 

Hildegarda destinó parte de su obra a describir el “milagro de la vida”, desde la fecundación hasta la lactancia. Una visión medieval, de una monja erudita, que es digna de ser recordada.

La fertilidad

Hildegarda compara a la mujer con un árbol fértil para describir su capacidad de procrear:

La fecundidad. El flujo de la menstruación en la mujer es verdor y floración para procrear, para que tenga fronda en su prole, porque como el árbol florece por su verdor y tiene fronda y da frutos, así la mujer con el vigor natural de los flujos de la menstruación produce flores y frondas en el fruto de su vientre. Y como el árbol que carece de verdor produce leña inservible, así a la mujer que no tiene el vigor natural de la floración en su edad madura se la llama estéril.

La concepción

Según Hildegarda, cuando una mujer se había quedado embarazada, el feto o “figura humana” como lo llama ella, se envuelve en lo que nosotros conocemos como placenta y que define como una película, a modo de pequeño recipiente, a partir del menstruo de la mujer, que lo rodea y envuelve, para que no se mueva ni caiga, ya que la sangre coagulada se reúne ahí, de modo que el feto queda en medio, como una persona en la habitación de su casa.

Hildegarda sabía que esa bolsa protectora era también la que alimentaba al bebé.

El parto

Cuándo nacía un bebé era difícil de calcular si no se tenían unos periodos regulares. No existían artilugios ni medidores del feto que indicaran a la mujer una fecha prevista de parto. Según Hildegarda, un bebé estaba preparado para nacer cuando alcanzaba el raciocinio. Era entonces cuando la placenta se rompía y empezaba el largo y doloroso proceso del parto. 

Por supuesto, en aquellos siglos medievales se repetía como una letanía aquello de “parirás con dolor”. Y era cierto que no sólo se paría con dolor sino que las mujeres sabían que tenían muchas probabilidades de no sobrevivir a un parto. Hildegarda hace una comparación poética de esta dura realidad: la luna se ve rodeada de multitud de peligros y tempestades, como también una madre padece grandes peligros y penalidades en el parto de sus hijos.


Aunque también describe con dureza esos difíciles momentos: 
Cuando el hijo debe salir de la hembra, causa un miedo y un temblor tan grandes que toda hembra teme y tiembla, y sus venas derraman sangre sobremanera y todo el armazón de sus miembros se ve dañado y se relaja con lágrimas y chillidos, como se le había dicho: parirás con dolor.

Conocedora de muchos efectos curativos de distintos tipos de hierbas, Hildegarda daba también algunas soluciones a los problemas típicos de un parto. Así, para un nacimiento difícil y largo proponía hervir en agua hierbas como el hinojo y el ásaro para colocarlas después de escurrirlas encima de los muslos y la espalda. Según ella, estas hierbas aliviaban el dolor.

El llanto de un bebé recién nacido, Hildegarda lo interpretaba como un lamento del bebé ante la percepción de las tinieblas del mundo.

La lactancia
Era una creencia extendida desde antiguo que la sangre menstrual era la que formaba la placenta y posteriormente subía a los pechos convertida en leche materna. Hildegarda mantuvo esta afirmación pensando que la leche que el bebé tomaba de su madre después de nacer era en verdad el mismo alimento que había tomado en el útero materno pero con un aspecto distinto. 

El cambio de color lo explica Hildegarda así: La leche toma su color blanco del cereal y de otros alimentos preparados, al tener el cereal harina blanca y los alimentos, al cocinarse, arrojan espuma blanca.

Finalmente, Hildegarda también describió cómo subía la leche y se mantenía su producción:  que los pechos abunden en leche mientras el bebé mama se debe a que cuando el bebé mama al chupar atrae la leche a los pechos y así abre el camino de estas venas a ellos.

Parir en aquellos oscuros siglos medievales debería ser realmente algo peligroso y casi milagroso. Pero hombres y mujeres como Hildegarda que dedicaron parte de su vida a conocer un poco más cómo el ser humano nace ayudaron a las generaciones futuras a conseguir que el parto fuera algo realmente maravilloso.

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Todas las citas están extraídas de su obra Causas y Remedios, también conocido como Libro de Medicina Compleja.

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