El día que murió Sissí

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Sucedió una mañana de septiembre. Era el día 10. Elizabeth de Baviera, la que un día protagonizara una historia de amor de ensueño, se paseaba a sus sesenta años por medio mundo camuflada bajo un nombre falso, una sombrilla y un tul negro que cubría un rostro envejecido. Junto a su dama de compañía, la condesa Sztáray, salieron del hotel Beau Rivage en Ginebra para tomar un ferry de línea que les iba a llevar a Montreaux. En el escaso tramo que separaba el hotel del muelle, un hombre se abalanzó sobre la emperatriz y la hizo caer al suelo. La densa mata de pelo amortiguó el golpe y se levantó casi sin problemas. Ambas mujeres pensaron que aquel pobre diablo intentaba robarle el reloj. El barco ya había zarpado cuando Elizabeth se desplomaba ante la mirada atónita de todos los pasajeros que pronto descubrirían que aquella extraña dama era la emperatriz de Austria-Hungría. Mientras el ferry daba media vuelta, se improvisó una camilla con remos y sillones de terciopelo del barco. Cuando el médico llegó al hotel donde yacía, sólo pudo certificar la muerte de Elizabeth de Baviera.

La desaparición de Sissí fue un duro golpe para su esposo, el emperador Francisco José, quien no podía entender cómo alguien podría querer hacer daño a una persona que no había hecho nunca nada a nadie. A pesar de que hacía tiempo que la pareja imperial vivían en mundos muy distintos, el emperador nunca dejó de amar a su esposa.

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El autor del asesinato era un anarquista italiano, Luigi Lucheni, quien se había trasladado a Ginebra siguiendo los pasos de Enrique de Orléans, pretendiente al trono de Francia. El destino quiso que Enrique decidiera en el último momento no viajar a la ciudad suiza y Luigi viera frustrado su objetivo. Pero pronto encontraría una nueva víctima en el periódico de aquella fatídica mañana del día 10.

Elizabeth siempre viajaba oculta tras un velo y con el nombre falso de condesa de Hohenembs. Sin embargo, y a pesar de su celo por ocultar su verdadera identidad, no era la primera vez que se hospedaba en el Beau Rivage y algunos de sus trabajadores sabían quién era realmente. No se sabe quién fue el delator, pero lo cierto es que en el periódico de aquel día se publicó la noticia de la presencia de Sissí en Ginebra.

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Luigi Lucheni estuvo esperando la salida de su víctima del hotel y en cuanto la vio se abalanzó sobre ella con un estilete en la mano y un objetivo claro, clavarlo en el corazón de la emperatriz. Su denso atuendo quiso la sangre no brotara de repente y la fina punzada no hizo saltar las alarmas en el primer momento. Pero Luigi había conseguido su objetivo, matar a uno de los miembros de aquella clase opresora que esclavizaba a obreros y pobres.

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El cuerpo de Elizabeth fue trasladado a Viena, a la corte de la que ella siempre huyó, en la que nunca encontró su sitio y fue una mujer infeliz. Su última voluntad, descansar en su amada Corfú, isla griega en la que pasó largas temporadas, no se cumplió. Su marido, de nuevo, sobrepuso la razón de estado por encima de los anhelos personales. Sus restos fueron depositados en la cripta imperial de la Iglesia de los Capuchinos de Viena, junto al cuerpo de su amado hijo, el archiduque Rodolfo, quien, como su madre, fue un alma soñadora que nunca encajó en su papel.


Bibliografía

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