¿Qué pasó en Mayerling?

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La madrugada del 30 de enero de 1889 Rodolfo de Habsburgo, heredero del extenso Imperio Austro-Húngaro, aparecía muerto junto al cuerpo de una mujer, su amante, Maria Vetsera. El Kronprinz se había marchado al pequeño y sobrio pabellón de caza de Mayerling, situado a pocos quilómetros de Viena. Pocas horas antes había discutido con su padre, el emperador Francisco José. La muerte de Rodolfo y su amante se convirtió desde entonces en un misterio que aún hoy no está del todo resuelto. Suicidio, asesinato, conspiración de estado, una relación turbulenta, incestuosa incluso, son muchas las hipótesis que los historiadores han barajado sin llegar a una conclusión del todo concluyente. Lo único cierto es que la muerte del heredero de uno de los imperios más antiguos de la Vieja Europa marcó el inicio de su decadente epílogo.

Rodolfo, un príncipe rebelde
El príncipe Rodolfo nació en Viena el 21 de agosto de 1858. Único hijo varón del emperador Francisco José y su esposa Elizabeth de Baviera, la archiconocida emperatriz Sissí, Rodolfo fue el tercero de los vástagos de la pareja imperial, detrás de Sofía y Gisela. La desdichada primogénita había fallecido en Hungría dejando a su madre sumida en una de sus muchas depresiones y estados melancólicos. Fue con Gisela con quien Rodolfo tuvo siempre una estrecha relación de cariño fraternal, pues la pequeña María Valeria, nacida diez años después fue para el Kronprinz una niña con la que no tuvo demasiada relación.

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Gisela y Rodolfo crecieron bajo la estricta tutela de su abuela, la archiduquesa Sofía, madre del emperador Francisco José a quien había cedido el trono en 1848. Rodolfo encontró en su hermana el cariño que un niño necesitaba, mientras que su madre, la emperatriz Sissí, se encontraba permanentemente ausente, vagando por el mundo, intentando curarse de las muchas crisis de salud que sufría en aquellos años en los que aún no se había sobrepuesto de la muerte de Sofía y no conseguía adaptarse a la estricta vida de la corte vienesa. Pero Rodolfo fue pronto alejado también del calor familiar que le daba Gisela. Como futuro emperador del Imperio de los Habsburgo, Rodolfo debía formarse cuanto antes para convertirse en un hombre digno de llevar la corona de una dinastía que enterraba sus raíces en la Edad Media. Así fue como a los seis años fue separado del cariño de Gisela y de la tutela de su abuela. Instalado en sus propios apartamentos reales y bajo la estricta supervisión del general Leopold von Gondrecourt, Rodolfo fue sometido a una durísima formación militar.

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El pequeño príncipe, un niño sensible, cariñoso y con escaso interés por todo lo relacionado con el ejército, se vio sometido a unos métodos más que cuestionables. Von Gondrecourt aplicó al pequeño Rodolfo métodos de dudosa efectividad pero que provocarían en el pequeño pupilo todo lo contrario a lo que él pretendía, fortalecer su carácter. Los disparos al aire efectuados de improviso en la habitación, obligarlo a hacer gimnasia sobre la nieve o asustarlo diciéndole que había soltado un jabalí salvaje en el jardín, fueron algunas de las atrocidades que hicieron de Rodolfo un niño asustadizo que sufría ataques de angustia con demasiada asiduidad. Es más que probable que aquellas prácticas marcaran para siempre el carácter del Kronprinz. Por suerte para el pequeño príncipe, la emperatriz fue informada del maltrato al que estaba siendo sometido su hijo y amenazó al emperador de abandonar Viena para siempre si no recuperaba la autoridad sobre sus hijos. Elizabeth consiguió recuperar a sus hijos y alejar a Rodolfo de la pesadilla que se había convertido su vida. La emperatriz sustituyó las órdenes militares por una educación humanista. Lo que Sissí no calculó fue que los profesores que enseñaron griego, filosofía o ciencia al príncipe eran hombres de mentalidad liberal por lo que, con el tiempo, y de manera consciente o no, inculcarían a Rodolfo unas ideas contrarias al absolutismo monárquico sobre el que se asentaba el reinado de su propio padre y sobre las que él mismo debería asumir algún día el control del imperio.

Rodolfo terminó convirtiéndose en un joven apasionado por la ciencia, escéptico en lo referente a las creencias religiosas que tanto defendían los Habsburgo, y con ideas políticas que chocaban de frente con la tradicional y conservadora dinastía que estaba llamado a dirigir. Francisco José se enfrentó en varias ocasiones a su propio hijo, quien apoyaba a los distintos nacionalismos incipientes dentro del extenso imperio, al que, por otro lado, había que someter, en opinión de Rodolfo, a una profunda reforma constitucional.

Las discusiones dentro de palacio se transformaron pronto en una peligrosa tendencia pública del Kronprinz a defender abiertamente sus políticas contrarias a las del imperio y de su propio padre. El punto de inflexión se dio en 1878 cuando Rodolfo firmó con su propio nombre “La nobleza austriaca y su misión constitucional” donde defendía abiertamente sus ideas liberales.

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Estefanía de Bélgica y Rodolfo

Desesperado, el emperador Francisco José intentó por todos los medios hacer volver a su propio hijo a la causa imperial. Y en medio de la crisis familiar e institucional, el emperador decidió que Rodolfo tenía que asumir su responsabilidad como futuro jefe de la casa de los Habsburgo, por lo que le obligó a aceptar a la princesa Estefanía de Sajonia-Coburgo-Gotha, hija del rey de Bélgica, como su esposa. Francisco José había escogido a Estefanía por ser una princesa católica y conservadora pensando que así conseguiría contrarrestar las ideas de su hijo. Pero el matrimonio fue pronto una firma en un papel. La pareja solamente tuvo una hija, Elisabeth María. Después de la desilusión por parte de Estefanía de no haber dado un heredero al imperio, se añadió la frustración, y vergüenza pública. Parece ser que Rodolfo contagió a su esposa de una enfermedad venérea contraída en una de sus aventuras extraconyugales que dejó a Estefanía estéril. El abismo entre ambos se convirtió entonces en un vacío imposible de borrar.

Los últimos años de la vida de Rodolfo estuvieron marcados por su personalidad inestable, su adicción a la morfina y otras drogas, mientras buscaba compañía en los brazos de distintas mujeres y debatía sobre política en los círculos liberales y revolucionarios. Siempre en una constante huida hacia delante, intentando escapar de los claustrofóbicos salones del Hofburg. Una huida que terminaría en tragedia.

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Isabel María de Austria, única hija de Rodolfo y Estefanía de Bélgica

La misteriosa muerte del heredero
Pocos días antes del trágico desenlace acaecido en Mayerling, fueron algunas las voces que avisaron de que algo trágico podía sucederle al Kronprinz. La primera de ellas no fue tomada en demasiada consideración, quizás por venir de donde venía. Desde 1886, Rodolfo mantenía una relación con Marcela Caspar, a la que llamaban cariñosamente Mizzi. Mizzi era una actriz de poco renombre de origen húngaro que se había instalado en la capital del imperio junto con su madre. Parece ser que Mizzi ya había alertado en alguna ocasión a la policía acerca de las intenciones suicidas de Rodolfo quien habría invitado a la joven muchacha a unirse a él en tan terrible destino.

Fue una baronesa, María Vetsera, quien sí le seguiría en su trágico final. La baronesa había entrado en la vida de Rodolfo a finales de 1888. Es muy probable que transmitiera sus deseos de acabar con su vida a María Vetsera quien, sospechosamente, el 14 de enero de 1889, a penas quince días antes de su final, hizo testamento. Una muchacha de apenas dieciocho años de edad, sin ninguna enfermedad mortal diagnosticada ni nada que se le pareciera, no tenía por qué plantearse la siniestra posibilidad de firmar sus últimas voluntades. Pero así lo hizo Y lo firmó el mismo día que Rodolfo le hacía entrega de un anillo en el que había gravado las iniciales ILVBIDT, que en alemán significa “unidos en el amor hasta la muerte”.

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María Vetsera

Quizás en un intento desesperado por reconducir su vida, Rodolfo envió una carta al papa solicitándole la anulación de su matrimonio con Estefania. A pesar de que sus argumentos eran razonablemente prácticos, su esposa era estéril y el imperio necesitaba que él engendrara un nuevo heredero, el Vaticano no aceptó su petición. Poco antes de huir a Mayerling, Rodolfo protagonizó una airada discusión con su padre referente a su matrimonio y el deseo del Kronprinz de poder deshacerse de Estefanía. Poco o nada podía imaginar Francisco José, que días antes había visto a Rodolfo bailar animadamente en palacio, que tras aquella discusión ya no volvería a ver con vida a su hijo.

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Cuando Rodolfo llegó a Mayerling le estaban esperando su cuñado, el príncipe de Coburgo, y el conde de Hoyos. Cuando llegó María Vetsera, ambos se alejaron del edificio y se marcharon a pasear por los bosques cercanos. A la hora de cenar, se unieron al conde de Hoyos, pues su cuñado había marchado a Viena. Tras despedirse citándose para el día siguiente para una jornada cinegética, el conde se retiró a dormir un pabellón anexo. Pero por la mañana, ni Rodolfo ni María despertaron a la hora indicada. Alertado por el servicio, el conde de Hoyos derribó la puerta de la habitación de los amantes, cerrada por dentro. La escena que encontraron desvelaba el más trágico de los desenlaces. El heredero del Imperio Austro-Húngaro y su amante, yacían sin vida en el dormitorio.

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Las hipótesis de la tragedia
Cuando el conde de Hoyos partió de Mayerling para transmitir la terrible noticia en Viena, se personó en primera instancia ante la emperatriz. Fue Elizabeth quien, tras recibir el insoportable golpe que suponía la muerte de su amado hijo, lo comunicó a su esposo y a Hélène Vetsera, madre de María. Mientras Elizabeth se desgarraba por dentro, Francisco José se afanó en tomar rápidas decisiones que mitigaran el peligroso impacto que el truculento final del heredero podía suponer para la dinastía y el imperio. Lo primero que determinó fue obligar bajo juramento a los testigos de la tragedia a guardar eterno silencio sobre lo realmente sucedido. María desapareció rápidamente de la escena del crimen y de la historia oficial cuando Francisco José ordenó enterrar sus restos en un lugar apartado y oculto. Si era cierto que Rodolfo se había suicidado después de matar a su amante, iba a ser muy difícil justificar ante la estricta ortodoxia católica su entierro en lugar sagrado. La solución pasó por comunicar oficialmente como causa de su muerte una apoplejía. Algo que, por otro lado, nadie nunca creyó. Tampoco la iglesia, que en un primer momento se negó a dar cristiana sepultura a un presunto suicida. Francisco José tuvo que hacer grandes esfuerzos para convencer a la jerarquía eclesiástica de que Rodolfo debía ser enterrado en la Cripta Imperial como un católico miembro de la dinastía más. La documentación que transmitió el emperador al Vaticano fue la que abrió las puertas al Kronprinz de la cripta de los capuchinos. Unos documentos que permanecen bajo llave en Roma y que aún nadie ha podido consultar. Una información secreta que solamente provocó la desconfianza ante los argumentos oficiales. Y que provocó una retahíla de hipótesis, a cual más rocambolesca.

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A partir de entonces, una vorágine de versiones, teorías e hipótesis, a cual más rocambolesca, sobrevolaron los cuerpos de aquellos dos seres desdichados cuya existencia había sido segada, sacudiendo los cimientos de la ultracatólica y conservadora dinastía de los Habsburgo. Entre ellas, la versión que decía que los amantes se habían quitado la vida poco tiempo después de conocerse al descubrir que eran hermanos de padre o que María estaba embarazada del heredero.

El conde de Hoyos, primer testigo de la tragedia, afirmó poco después, que María llevaba muerta más tiempo que Rodolfo. Sobre una mesita situada al lado de la cama, había un vaso con restos de coñac, un espejo y una pistola. Aquí se iniciaron las dos primera hipótesis. Por un lado, se planteó la posibilidad de que Rodolfo hubiera sido envenenado, voluntaria o involuntariamente, y al desfallecer, se hubiera dado un golpe en la cabeza, de donde había salido el charco de sangre que había a su lado. Otra hipótesis, defendida por el médico de la corte, apuntaba a que el espejo y la pistola habían sido utilizados por Rodolfo para pegarse un tiro en la sien después de haber asesinado a su amante.

En 1959, la familia de María Vetsera pidieron a las autoridades la exhumación de su cadáver para intentar dilucidar la verdadera causa de su muerte. La hipótesis de la muerte por impacto de bala quedó descartada cuando se confirmó que el traumatismo craneoencefálico que sufría el cuerpo no podía haber sido provocado por un disparo.

Las relaciones de Rodolfo y sus ideas políticas alejadas del conservadurismo imperial que defendía la monarquía absoluta de su padre fueron el argumento determinante para aquellos que plantearon una posible conspiración para acabar con un futuro emperador que iba a hacer añicos la ancestral magnificencia de las Habsburgo. Los que defendían esta postura llegaron incluso a señalar con el dedo acusador al propio Francisco José. Lo cierto es que la hipótesis del asesinato de Rodolfo y María no estaba exento de pruebas. Al parecer, la habitación en la que se encontraban estaba totalmente desordenada y la ventana abierta. El cuerpo sin vida del Kronprinz presentaba magulladuras que inducían a pensar en una terrible pelea. Cuando los resultados de la autopsia desaparecieron sospechosamente en un incendio años después, las dudas acerca de lo qué realmente había sucedido fueron creciendo.

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Francisco José de Austria

Con el tiempo, las versiones y las pruebas fueron apareciendo. El testimonio más sorprendente fue sin duda el de la última emperatriz de la dinastía. Zita de Borbón-Parma, esposa del emperador Carlos I de Habsburgo, declaró en 1983 de manera contundente que la muerte de Rodolfo fue un crimen de Estado. Según Zita, el heredero de Francisco José habría sido incapaz de llevar a cabo un complot contra su propio padre y los que le habían empujado a semejante callejón sin salida decidieron acabar con su vida.

Pero hace unos meses, el sorprendente hallazgo de unas cartas escritas por María poco antes de morir, volvieron a poner sobre la mesa la duda acerca de sus muertes. A principios de agosto de 2015, la Biblioteca Nacional de Austria informaba que se habían encontrado tres cartas de despedida de la baronesa que había fallecido junto a Rodolfo en Mayerling. Las misivas habían permanecido ocultas en un cofre en el banco austriaco Schoellerbank, junto a fotografías y varios documentos de la familia Vetsera desde el año 1929. Los mensajes de María iban dirigidos a su madre y a sus hermanos Feri y Hanna. En ellas, pedía perdón por lo que iba a hacer y se justificaba diciendo: “no he podido resistir al amor”. Además, pedía que su cuerpo fuera enterrado junto al de Rodolfo en el cementerio de Alland, deseo que nunca se cumplió. María se despedía de su familia afirmando que era “más feliz muerta que viva”. Unos mensajes que también habría transmitido Rodolfo a sus padres y hermanas poco antes de llegar a Mayerling. El amor apasionado y la razón de estado se entremezclan en uno de los misterios más turbios de la historia del Imperio Austro-Húngaro. La propia hermana de Rodolfo, María Valeria, reflejaba en su diario personal una duda. No entendía cómo aquel muchacho débil, que temía a la muerte, había decidido acercarse a ella voluntariamente. A lo que añadía otra pregunta reveladora: “¿O tal vez ha ‘debido’ morir?”. Si Rodolfo y María se quitaron la vida por amor o si eran conscientes de lo que Zita aseguró años después, que el heredero iba a ser objeto de un asesinato orquestado, aún no está aclarado. Las pruebas no están todas sobre la mesa, algunas fueron destruidas y otras permanecen bajo el más estricto secreto. La última emperatriz quiso romper el pacto de silencio que la familia imperial tuvo que aceptar de Francisco José. Pero aún quedan muchas piezas por encajar.

El principio del fin de un imperio
Lo único cierto fue que la muerte de Rodolfo de Habsburgo fue el inicio de lo que sería el último capítulo de una dinastía que había llegado a dominar media Europa y había brillado con gran esplendor. Francisco José se recluyó entonces en su labor de emperador, mientras sus hijas continuaban llorando la muerte de su hermano y se hacían constantes preguntas sobre su dramática desaparición. La emperatriz Sissí no fue capaz de anteponer, como hiciera su marido, su papel de esposa del emperador, al de la madre que había perdido trágicamente a su amado hijo. Su tristeza y melancolía continuó acompañándola el resto de sus días.

La Ley Sálica que imperaba en la dinastía de los Habsburgo impedía a Gisela y María Valeria heredar el trono imperial. Tras la desaparición del único heredero varón, Francisco José tuvo que designar un nuevo Kronprinz. El elegido fue su sobrino, el archiduque Francisco Fernando, quien sería asesinado en Sarajevo el 28 de junio de 1914, provocando el inicio de la trágica Primera Guerra Mundial. El anciano Francisco José tuvo que volver a escoger heredero, y lo hizo eligiendo a su sobrino nieto Carlos, quien se convertiría en el último emperador del imperio de los Habsburgo.

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De pabellón de caza a santuario en memoria de Rodolfo
Mayerling fue durante mucho tiempo, un bonito pabellón de caza situado a unos cuarenta quilómetros de Viena, rodeado de hermosos bosques, en el que los miembros de la familia imperial pasaban momentos de calma, alejados de la ajetreada vida de la corte vienesa. De hecho, Mayerling fue siempre el lugar preferido de Rodolfo de Habsburgo, donde solía recluirse. El Kronprinz había comprado el edificio a unos monjes cistercienses en 1886 y lo había convertido en su refugio favorito.

Tras la fatídica noche de la muerte de su hijo, Francisco José ordenó demoler el complejo e hizo erigir un monasterio en el que un grupo de monjas de la orden de las carmelitas descansan se instalarían para rezar por el descanso eterno de Rodolfo. El lugar que fue la habitación del crimen de Mayerling es ahora una capilla.

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