La veu de les dones (La voz de las mujeres)

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Podemos recordar el pasado rescatando documentos antiguos. Palabras escritas, unas más frías, en ensayos o archivos; otras más emotivas, como memorias o diarios. Pero cuando esas palabras no las leemos, sino que las escuchamos, el relato se convierte en algo vivo, cercano. La voz de quienes protagonizaron la historia, la vivieron en su propia piel, la sufrieron en sus carnes, nos hablan al oído y nosla  acercan de manera dramáticamente emocionante. Eso es lo que pude experimentar en la exposición La veu de les dones (La voz de las mujeres) en el Archivo Nacional de Cataluña.

La muestra recoge material gráfico que evoca la vida de las mujeres durante la guerra civil, la posguerra y la transición. Carteles, periódicos, libros, octavillas, dibujos, cartillas de racionamiento, que nos acercan al duro peregrinar de nuestras bisabuelas, abuelas y madres por unos años oscuros de nuestra historia.

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La veu de les dones pretende eso, dar voz, protagonismo, a unas mujeres que lucharon en el frente, que acercaron la cultura a los soldados, que durante el franquismo sufrieron por alimentar a sus hijos y en la transición reivindicaron sus derechos como género.

El dibujo que ilustra la exposición es obra de José Luis Rey Vila y representa a una miliciana, una mujer anónima que se convierte en símbolo y rostro de muchas mujeres que marcharon al frente como soldados, no sólo como enfermeras o ayudantes en la logística de la retaguardia. La muchacha del dibujo bien podría ser Concha Pérez, una de las milicianas cuya voz se puede oír en la exposición y que nos explica cómo un grupo de hombres y mujeres marchó desde Barcelona hacia el frente de Aragón llevando en sus bolsillos un puñado de balas y kilos y kilos de emoción y esperanza.

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Junto al testimonio de Concha Pérez, en la muestra se pueden escuchar otras voces de mujeres desconocidas como María Rosa Ochoa, en cuya casa pensaron que los tiros del día del levantamiento, el 18 de julio de 1936, eran fruto de unos rezagados que aún continuaban celebrando la verbena de San Juan. “No son gritos, nos dijo mi padre, aquello era una revolución”.

Concha Guarro, otro testimonio oral, nos explica cómo un puñado de apenas diez mujeres impulsaron el servicio de bibliobús con el que acercaron a los soldados del frente miles de libros con los que sobrellevar aquella angustiosa situación.

Testimonio desgarrador el de Carmen Chicharro, quien nos explica con profunda emoción cómo escuchó los tiros que terminaron con la vida de las Trece Rosas.

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Junto a estas mujeres, otras más conocidas, como Tomasa Cuevas y Neus Catalá, grandes supervivientes de las cárceles franquistas y los campos de concentración, que dedicaron su posterior vida en libertad a recoger las palabras de muchas otras que, como ellas, sufrieron la sinrazón de la guerra y la posguerra.

El último testimonio que escuchamos es el de Montserrat Roig, quien hace una profunda reflexión sobre el feminismo y la necesidad de reivindicar los derechos de las mujeres. “Sentía vergüenza de ser mujer, no físicamente, sino moralmente. Por ser mujer no podría tener la grandeza de un hombre”. Terrible sentimiento de una gran escritora que llegó a la conclusión que la falta de educación y la discriminación de la mujer por causa de su sexo debían ser superada de una vez por todas.

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