La boda de Victoria I de Inglaterra y el príncipe Alberto

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Llovía aquella mañana del 10 de febrero de 1840 en la capital londinense. La incesante lluvia no frenó en absoluto a los miles y miles de personas que aguardaron estoicamente desde primeras horas de la mañana en los alrededores del Palacio de Buckingham y el Palacio de Saint James. La ocasión bien lo valía. La capital del Imperio Británico iba a ser testigo de una de las bodas reales más fastuosas y auténticas de la historia. La jovencísima reina Victoria I de Inglaterra se casaba con el que fuera el amor de su vida y que se convertiría en su fiel compañero y padre de sus hijos, el Príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha.

La boda real

Mientras que en el Palacio de Buckingham Victoria se preparaba para el enlace acompañada de la Duquesa de Kent, sus doce damas de honor y un amplio elenco de princesas y duquesas, en la calle la gente se agolpaba desde primeras horas de mañana para poder ver salir a la novia. Alrededor de las doce del mediodía, la reina Victoria entraba en el carruaje precedida de veintiuna salvas, la edad de la novia. El carruaje nupcial recorrió el espacio que mediaba entre el Palacio de Buckingham y el Palacio de Saint James aclamada por su pueblo.

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Una vez en los jardines de Saint James, Victoria salió del carruaje y se dirigió a unas salas privadas donde esperaría aún media hora hasta entrar en la capilla real. Allí ya le estaba esperando un elegante príncipe Alberto quien entró acompañado de viarios altos dignatarios del reino y saludó respetuosamente a la reina viuda y al arzobispo de Canterbury, quien iba a oficiar el enlace.

Tras un largo recorrido por las distintas estancias del palacio, Victoria hacía entrada en la capilla con gran solemnidad.

La novia y su hermoso vestido blanco

Las novias de la alta aristocracia o de la realeza de aquellos años acostumbraban a vestir pomposos vestidos bordados en oro y plata pero rara vez escogían un vestido blanco y menos unos sencillos adornos como hizo la joven reina.

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El vestido de la novia  diseñado por William Dyce era de color blanco de satén. El blanco consiguió que el hermoso encaje elaborado a mano destacara en todo su esplendor. La elección no fue simplemente estética sino que fue un reconocimiento a la industria téxtil artesanal inglesa.

Como únicas joyas, Victoria lució un collar y unos pendientes de diamantes. En el pecho, un zafiro azul que le había regalado su futuro esposo. A pesar de ser reina, había sido coronada dos años antes, Victoria no lució ni corona ni tiara en su boda sino que adornó su pelo con una diadema de flores. Aunque la elección del blanco y la austeridad de las joyas fue criticado en los círculos aristocráticos, Victoria popularizaría la moda del vestido de novia blanco.

El novio

El príncipe Alberto se vistió para la gran ocasión con su uniforme de mariscal de campo decorado con grandes rosetas de raso blanco sobre sus hombros.

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El principio de una historia de amor

La ceremonia nupcial fue seguida de un ostentoso banquete y una fiesta que darían comienzo a una vida en común para Victoria y Alberto. De manera excepcional, una pareja real se casaba enamorada. Alberto, a pesar de las dificultades, supo ejercer su papel de príncipe consorte y dejar a su esposa el papel de reina de pleno derecho. Victoria y Alberto tuvieron una amplia prole de príncipes y princesas que extenderían su sangre real por las distintas casas reinantes de Europa.

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